jueves, 12 de enero de 2017

LA EFICACIA DE LOS ESCARMIENTOS HISTÓRICOS EN LA MARKA DE ACHACACHI

Yawar Copana Mamani
“… al indio traidor hay que aplastarlo y eliminarlo con todo el rigor de la justicia cosmica".
Faustor Reinaga
Antes de entrar al tema central, veamos brevemente los pormenores de los eventos que han traído a nuestra reflexión, en esta cuestión.
La primera década del siglo XXI, ha comenzado bien para el indio (o para el indígena como se nos quiere llamar hoy). Ha sentado precedentes inconcebibles en la historia de este estado colonial republicano. No solo le ha derrotado políticamente a los q‘aras, sino por sobre todo en el campo económico−cultural. En esta transición, han retozado un papel muy substancial e interesante, los llamados ―Movimientos sociales, populares e indígenas‖; que en este trabajo analizaremos la experiencia de la marka de Achacachi, a tiempo de administrar ―justicia comunal‖, como disyuntiva, frente a la podredumbre criminal del sistema judicial en Bolivia.
ESCARMIENTO HISTORICO EN LA LUCHA POR EL PODER COMUNAL
Este emporio altiplánico de los aymaras, ha remozado en la escena política muy visiblemente a partir de los años 2000−2005; hasta ese entonces, muy poco se había comentado en la opinión pública, sobre este territorio ancestral. Su reaparición se debe, a dos momentos de un fuerte quebrantamiento, del orden colonial republicano establecido y su ordenamiento jurídico liberal. La primera acción cuestionada a estos ―ayllus rojos‖ (o Ponchos Rojos), fue la ―ejecución violenta‖ de un oficial del ejército, perteneciente al Regimiento de Infantería ―VIII Ayacucho‖, quien ante los históricos levantamientos del BLOQUEO 2000, había ordenado disparar a matar, para con los aymaras movilizados frente al régimen del Gral. Banzer.
La prensa nacional e intelectuales de la sociedad blanca−mestiza, han calificado este hecho como el retorno de la ―Criminalidad Aymara‖, de la turba irracional, y de la demencia de sus líderes. Es ciertamente un momento censurable para las castas dominantes, pero de mucha trascendencia para los aymaras de la marka de Achacachi, puesto que, a partir de estas faenas, Omasuyos se convierte en un territorio donde se empiezan a construir acciones beligerantes desde el estado y las comunidades, organizadas sobre las lógicas del sistema ayllu. Para el ―Mallku, ante la violencia de estado, es con esta clase de acciones que se ha engendrado los gigantescos cambios históricos de estos últimos tiempos; así lo manifiesta, al afirmar que ―el q‘ara respeta solo aquello que teme. Entonces el Bloqueo 2000, ha develado y marcado hitos cuestionables e incuestionables, en la política nacional y los relacionamientos entre los individuos en nuestra sociedad. Para Ramiro Reynaga: ―Bolivia ya no será igual―, porque sus cimientos y muros han sido agrietados. Más aun, con el nacimiento de un nuevo tipo de estado, en donde a partir de lo plural y lo indígena, se iban a superarse todos los males de la sociedad colonial republicana. Si en algo se tiene certeza de esta posibilidad, es en su largo y entramado proceso de formación y transformación, de las estructuras del estado y las formaciones sociales. Así por ejemplo, quienes están en ejercicio del poder en el ―palacio quemado―, pueden evidenciar que se ha fecundado recónditos cambios en toda materia, en sus apreciaciones; pero no así aun, en el de nuestro sistema judicial colonial−liberal, que no varía a pesar de todo.
Cumbres de justicia, elección de magistrados y reformas parciales del Órgano Judicial, nos han dado la razón histórica, de que la delincuencia y el crimen organizado, han superado las esferas de la maquinaria estatal. Ante todo esto, han surgido modos propios de establecer el orden de convivencia armónica entre los hombres que comparten un mismo horizonte, el de la ―suma qamaña―, en una ―tierra sin mal―; pero esto no vino como iniciativa del estado plurinacional, sino como contradicción a su insuficiencia burocrática.
ESCARMIENTO HISTORICO A LA DELINCUENCIA Y AL CRIMEN ORGANIZADO
Al respecto, a manera de connotación, recapitular otra experiencia aymara de hace ocho años en la marka de Achacachi; quienes han ejercido nuevamente un ―escarmiento histórico―, esta vez ante la delincuencia y el crimen organizado, que se ha expandido hasta nuestras ancestrales Comunidades y Markas de este Qullasuyu.
Para dar mayor reticencia a este acaecimiento, debemos resonar que 11 forajidos del conocido ―Clan Paucara― han experimentado todo el peso y paciencia de la justicia comunal de este ayllu urbano; ajusticiamiento que fue calificado también por la opinión pública, como un ―acto brutal y espeluznante―, más aún, este hecho fue motivo de ásperos cuestionamientos a la llamada ―justicia comunitaria― y a los indelebles Achacacheños, por ese entonces.
Para compendiar un poco la cabalidad de este suceso; aquel sábado 17 de noviembre del 2008, como todos los años, se celebró la entrada folklórica en honor al ―Santo de los Choferes (San Cristóbal), y el domingo 18 se celebró la diana; sin vacilar, este día ha sido aprovechado por esta organización criminal de cogoteros, identificados como el temible ―Clan Paucara―, que contaba según informes policiales, con más de 40 integrantes en todo el territorio nacional; a quienes se les ha atribuido los mayores delitos de atraco a mano armada en repetidas ocasiones, y que cuasi siempre han salido bien redimidos de los estrados judiciales. Los mismos que en su osadía de ampliar su territorio de las ciudades hacia las comunidades indígenas; empezaron a operar en los alrededores de la plaza principal de la marka de Achacachi; despojando a los bailarines ―mantas de vicuña, polleras, joyas, sombreros borsalino, plata y celulares. Lo que podemos matizar de este sucedido —para que pueda comprender mejor el lector— es que aproximadamente a las 23:00 pm, los bravos achacacheños avivados de sobrios y ebrios, encontraron a los presuntos malhechores en un microbús color verde en posesión de los objetos delinquidos, y tras que fueran reducidos por la multitud aymara, fueron acarreados al Regimiento VIII de Infantería; cuyos efectivos les dijeron que no tenían competencia para admitirlos. Al día siguiente, será el Estadio de los Ayllus Rojos el teatro de las operaciones, en donde bajo duras presiones de suplicio, los presuntos malandrines confesaron que fue la tercera vez que delinquieron en esta marka aymara: la primera el 21 de septiembre, en la fiesta del Señor de la Exaltación, y la segunda en Todos los Santos. Por el cual, tras ser vejados aún más, les echaron gasolina y les prendieron fuego, donde ardieron como ―antorchas humanas por el lapso de entre 10 y 15 minutos, según los medios radiales. Recién más tarde, posteriormente a este juzgamiento comunal−popular, fueron entregados a las autoridades policiales y del Gobierno Plurinacional, quienes ya se habían anoticiado respecto a estos acontecimientos. En ese entonces, el ministro de Gobierno Alfredo Rada, garantizó que se llegará al fondo de este hecho, y ―que a la violencia no podemos responder con violencia, al delito no podemos responder cometiendo delitos, esto por supuesto debe ser investigado y sancionado judicial y policialmente para con los autores materiales de este ―escarmiento histórico.
ESCARMIENTOS HISTÓRICOS COMO HERRAMIENTA DE EMANCIPACION SOCIAL
Estos ―acontecimientos históricos, evidentemente han ensombrecido la efigie de la tierra de los ―ponchos rojos en la palestra política nacional, y casi nadie se sentía presuntuoso de esta hazaña; puesto que, era reprochable desde todo punto de vista jurídico−liberal. Pero ya en el contemporáneo actual, viéndolo con una mirada crítica, no podemos dejar de mencionar que ciertamente este fue un ―escarmiento histórico al crimen constituido; ya que no solo ha significado un retroceso en el tratamiento del crimen y el delito, sino, la efectivizacion de la seguridad comunal, ha sacado a la luz pública el desplome de nuestro actual Ordenamiento Jurídico Colonial; y por sobre todo ha marcado un precedente histórico sin igual en todo la distensión del territorio aymara. Más aun, hoy nos podemos percatar, que en ciudades como El Alto y Santa Cruz, donde la criminalidad ha sobrepasado las capacidades de operación del estado, se observan con total naturalidad, eslogans que reproducen este argumento: ―ladrón pillado será quemado, ―autos sospechosos, serán quemados, ―ladrón atrapado no será entregado a la policía, ―maleantes trabajen como todos, sino serán colgados de sus testículos, etc.
A partir de estos dictámenes, podemos advertir que estos sucesos, ya no son solamente propios de la marka de Achacachi, sino el de nuestros microgobiernos barriales, que a falta de la eficiencia del estado y de los administradores de justicia, en corregir a tiempo ciertas conductas antisociales, claramente se ha exteriorizado como una iniciativa hacedera, aunque esta pueda ser contradictoria y también cuestionables.
¿JUSTICIA COMUNITARIA? O LINCHAMIENTO POPULAR
A partir de estas experiencias, se ha creado un falso debate. Esto ha originado, que la llamada justicia comunitaria pueda ser dejada atrás como proyecto descolonizador, y entendido por todos como una nueva herramienta de emancipación al momento de impartir justicia, a partir de lo indígena y/o indio.
Estas formas de atribuirse la autoridad judicial, que se manifiestan en formas de linchamiento o ajusticiamientos, ciertamente no son propios de la marka de Achacachi, ni de sus continuadores; pero han resultado ser más eficaces en nuestras sociedades, aunque estos se constituyan en delitos también punibles, en nuestro transitorio ordenamiento jurídico.
Su procedencia, al parecer tiene origen en las sociedades norteamericanas y europeas. Existen dos teorías al respecto. La primera, que se debe a James Lynch Fitzstephen, alcalde de Galway, Irlanda, en el siglo XV, quien se hizo famoso cuando en 1493 hizo ahorcar a su propio hijo tras acusarlo del asesinato de un visitante español. La segunda teoría se refiere a Charles Lynch, juez de paz del estado estadounidense de Virginia, en el siglo XVIII, quien en 1780 ordenó la ejecución de una banda de conservadores (tories) sin darles la opción a un juicio. Esta acción fue conocida como la ―Ley de Lynch‖ y la gente la aplicaba en casos extremos arguyendo que en el sistema judicial anglosajón, las decisiones de un juez crean derecho, precedentes o jurisprudencia.
Esta representación jurídica, incorrectamente hoy desentrañado como ―justicia indígena‖, aunque no ha sido ajeno en nuestras comunidades actuales como lo hemos examinado, es utilizado a menudo en las ciudades donde el crimen y la delincuencia, han superado al sistema jurídico plurinacional, que se halla en ruina; es en efecto un medio útil en la realización de los ―escarmientos históricos.
PACHAKUTI Y PROCESOS DE CAMBIO
A poco más de cuatro años de la elección de los magistrados del órgano judicial en Bolivia, en palabras del propio presidente Evo Morales ―en vano incorporamos poncho y pollera en la Justicia: no cambia nada‖; con muchos magistrados, jueces, fiscales y operadores de justicia procesados y algunos en las cárceles, con más del 85% de reos esperando sentencia, el escenario no se modifica ni da luces; aquí cabe aclarar algo; es cierto que esta consunción político-jurídico no es reciente, pero demos cuenta que venimos arrastrando desde hace más de 180 años y nada hemos hecho por darle un tajo.
Es en esta medida, que hoy, a partir de la experiencia de la marka de Achacachi, debemos tomarnos con seriedad las palabras del My. del E.P. Antauro Humala Tasso, hermano del ex−presidente del Perú Ollanta Humala; quien sostiene que: ―ciertos personajes de la política peruana deberían ser fusilados por traición a la patria y la alta corrupción de las etnoclases dominantes, y que en la misma línea deberían ser pasados, todos aquellos que manifiestan conductas criminales y que degeneran aún más nuestras sociedades actuales: ―Mira, la republiqueta criolla hiede y está en proceso terminal de agonía, ad portas al (in)surgimiento de una Nueva Republica de índole etnonacionalista, o sea neo-tawantinsuyana. Este tránsito implica una revolución o Pachakuti. Por consiguiente involucra un ESCARMIENTO HISTORICO, ósea, el cristalizamiento de la legitima ‗violencia revolucionaria en cuanto partera de la historia‘…La recuperación de la fe popular tan defraudada y casi exánime, requiere señales contundentes y estimulantes. ―¿A carajo esto va en serio, me aunó?‖ pensara el poblador de a pie, ante dichas medidas escarmentadoras; única manera –dada la putrefacción generalizada- de lograr la credibilidad indispensable para emprender un proceso plenamente revolucionario. Y en efecto, que la marcha inexorable de la historia, cuya rueda aplasta a quien se le interponga, debe pasar por esta prueba, considerado por algunos de radical; que en nuestro Estado Plurinacional, frente a la descomposición institucional del Sistema Judicial Boliviano, surge como un hecho histórico; lo cual se manifiesta en forma de ajusticiamientos o linchamientos populares; y es cometido a menudo frente a la pudrición moral de las sociedades coloniales, por multitudes vecinales, populares e indígenas, que se hallan desprotegidos por las institucionalidades del Estado. Quizá este trabajo, pueda crear muchas discrepancias y descalificativos; pero es descalificable, e indefendible, que ―comandantes de la policía, jueces y magistrados del órgano judicial, y funcionarios del aparato estatal‖, que en su posesión al mando juraron ―erradicar el cáncer de la corrupción en noventa días, y antes de cumplirse el plazo, el cáncer de la corrupción los erradique.
A MANERA DE LECCIONES PARA LA HISTORIA
Si bien se ha generado una reacción casi natural, en la forma de ejecutar estos ―escarmientos históricos en medio de las multitudes barriales y vecinales, como lo acaecido hace ocho años, en la marka de Achacachi; ha garantizado una avenencia y tranquilidad a sus habitantes de este ayllu urbano. Cuestión inexistente en las metrópolis, ni en las órbitas gubernamentales, puesto que, el no haber aquietado a tiempo la criminalidad, ha motivado que los mismos se funden en gigantescos redes que han penetrado todas las esferas del poder público.
En nuestro planteamiento, para que se conciba mejor, no estamos esbozando que estos sean pasados por el fusil, o que se les ajusticie públicamente, como quizá algunos estarían muy de acuerdo. De lo que se trata, es que no colmemos nuestras penitenciarías, que se han convertido en verdaderos claustros de la ―moderna criminalidad‖; sino que, de lo que se trata es hallar definitivamente nuevas formas de escarmiento histórico, ante la alta corrupción, las violaciones a los niños, el narcotráfico, los feminicidios y el origen de todos nuestros males. Un nuevo estado naciente, no solo se encarga del cambio de pensamiento de sus nuevas generaciones, mediante la educación; sino por sobre todo en la renovación de las viejas conductas y actitudes heredadas, que han retraído el engrandecimiento de nuestra nación y matriz civilizatoria. Así también lo han comprendido, en otras extensiones y en otros tiempos, cuando se trata del transformación radical de la sociedad; en la Inglaterra de Cromwell fue el hacha del verdugo, en la Francia jacobina se tecnifico la guillotina, a su vez, el paredón proceso a los traidores y corruptos en los Pachakutis ruso, chino y cubano. Inclusive en los Estados Unidos de Norteamérica existe la pena de muerte, y en el Irán Chiita, la horca ejercito aquel escarmiento histórico. Y en nuestra concepción Tawantinsuyana, es nomas imprescindibles, estas coerciones societales, en la composición del ―NUEVO HOMBRE. En ese entendido, los ESCARMIENTOS HISTORICOS, en su momento dado son necesarios, tan solo se están anteponiendo los derechos comunales a los derechos individuales; la felicidad de muchos a la búsqueda de la riqueza por pocos. Pero claro, esto es solamente nuestra reflexión, que deberá de ser motivo de análisis y debates jurídico−políticos en las cumbres de justicia en Bolivia.

martes, 1 de noviembre de 2016

LOS INDIANISTAS Y LA CONCIENCIA HISTÓRICA

Henry Quispe*
“La fuente donde bebe el indio es del pasado y lo hace con la intención de seguir viviendo en el futuro” Ayar Quispe.
En los círculos de estudiosos indianistas, gira un imaginario pernicioso de suponer al indianismo como una ideología que no complace completamente a la sociedad colonizada, por ser muy arcaica o radical. Como única solución a esta, se busca ablandar o desestabilizar al indianismo para asemejarle al pensamiento divergente del pueblo colonizado. Obviamente el indianismo se debe superar o mejorar, pero esto no significa volverlo menos liberatorio o asimilarse al ideario de la sociedad ofuscada. En este tiempo, no es de extrañar la discrepancia entre el indio sumiso y el indio rebelde, porque cada uno expresa un pensamiento diferente y contario. O sea “el indio no nace dotado de principios políticos e ideológicos, ni trae ya formada la conciencia india, sino esta tiene que ser cultivada con mucho cuidado y dedicación”[1].
La desvalorización de lo propio y la omisión del pasado histórico son productos de los procesos del colonialismo configurados desde una visión q’ara para embriagar y dominar al colonizado. Hacer creer que lo propio es inferior y lo foráneo como superior; hacer creer que la invasión es justa y natural. Todo ese ofuscamiento colonial entronizado en el imaginario del indio e india, valió para robustecer y garantizar la continuidad de la dominación blanco-mestiza sobre los autóctonos.
El establecimiento de instituciones coloniales de disolución caótica social, acarreó a formalizar labores de domesticación con el propósito común de transformar la esencia humana del autóctono. Formar un modelo de hombre y mujer que exalte, admire y se aferre al blanco, para ser fiel sirviente del sistema que oprime. Los comportamientos (del indio alienado) son las que alimentan a la reproducción colonial de relaciones de dominación entre el opresor y el oprimido. De ahí pues, hoy el indio del contemporáneo actual es sumiso, ciego y enajenado; reproduce de manera inconsciente todo lo foráneo.
Por ejemplo el sistema educativo —de carácter colonial— implantó en el cerebro indio un complejo de inferioridad donde induce a valorar más lo foráneo y deslegitimar lo propio. Los conocimientos asimilados durante el proceso educativo, fueron conocimientos configurados desde una mirada dominacional eurocéntrica ajenas a la realidad y necesidad del pueblo. El indio e india fue concebido como un objeto de domesticación, donde su esencia psíquica es moldeada al gusto y sabor del opresor. En esa dinámica, para los indios la relación colonial entre el indio y el q’ara les pareció natural, por ende no tuvieron un pensamiento crítico y cuestionador al sistema imperante.
Ante esta situación de ofuscamiento, la purificación mental del colonizado será resultado de la toma de conciencia histórica que llevará por el derrotero de la liberación. Es decir,  cuando se asuma la conciencia histórica, el indio sumiso pasará a ser un indio insurgente y por ende un peligro para la casta blanco-mestiza.
En nuestro tiempo actual, un aymara-quechua precolonial no puede compararse con un indio contemporáneo, porque el colonialismo ha producido un cambio en sus formas de vida, en sus actitudes y en su forma de pensar del autóctono. “Con [l]a invención de la historia logran anestesiarnos o aletargar nuestra mente y a su vez la liberación”[2]. De ahí pues, hoy veremos que un indio contemporáneo no ciertamente es un aymara concreto similar a un aymara o quechua del periodo precolonial.
En una presentación del libro de H. C. F. Mansilla titulado  “Filosofía Andina y Filosofía Occidental” en la Universidad Pública de El Alto, se ha recogido las palabras del autor, donde ignorantemente introduce en un solo saco al aymara precolonial y al aymara contemporáneo (colonizado). Por ejemplo, exclamaba con estas palabras: “… los aymaras también se dedican a acumular capital a tratar mal y a explotar a la gente que ellos tienen bajo su mando cuando son empresarios, los aymaras también producen complicadas triangulaciones comerciales financieras (…) se comportan como todo el mundo, por lo tanto yo creo que los seres humanos extraordinariamente iguales en todo el planeta, son también iguales en lo que podríamos llamarlo negativo en su afición al egoísmo, a acumular bienes, a tratar a los seres humanos como menos recursos laborales, en eso los aymaras cuando lo pueden hacer lo hacen como el resto de todos los otros pueblos del mundo[3]. Lo que hace referencia Hugo Celso Felipe Mansilla, es a aquel aymara colonizado, y sí es colonizado, es exactamente un indio o india, no propiamente un aymara concreto. Si lo analizamos la noción de Mansilla, veremos que no porta mínimamente una conciencia histórica y por ende ignora el proceso del colonialismo que sufrieron los aymaras. Los colonizados en tiempos de guerra, no pueden valerse completamente de una conducta intachable. La lucha en nuestro tiempo es de igual a igual. Lo que requiere el aymara colonizado es una conciencia histórica, pero no para convertirse sumiso, sino para darse cuenta de la situación colonial que se encuentra sometido.
En los principios del proceso colonial, el colonizado tuvo las cadenas de esclavitud atadas en los tobillos, en el cuello y en las muñecas; ahora “las cadenas están más adentro, se han internalizado, están en su corazón, en su mente”[4]. O sea, las cadenas de esclavitud pasaron a ser más camuflados; de visibles a invisibles. Entonces cuando las cadenas se convierten así (clavadas en el pensamiento), ciertamente dirige al colonizado a reproducir inconscientemente las relaciones de dominación y opresión. Es decir, el indio se constituye opresor de si mismo, por lo tanto para romper las vendas o los prejuicios coloniales, necesariamente requiere alimentarse de la conciencia histórica, porque es aquella que librará de las tinieblas coloniales.
Cada hora que pasa, es hora que ofusca más la mentalidad del colonizado; olvida con mayor intensidad su pasado histórico, y en consecuencia, la recuperación de su memoria histórica se hace más complejo. De ahí pues, el rechazo del uso del término indio y del indianismo, procede desde el propio colonizado, no solamente desde la casta blanco-mestiza. Esta actitud contraproducente deviene cuando se tiene relegado el pasado histórico. Entonces el tiempo es un factor que contribuye a embriagar más al colonizado, y por lo tanto el asumir responsabilidad del trabajo ideológico y político (de concienciar al pueblo) se vuelve un deber urgente y diario del indianista.
La conciencia histórica es el conocimiento que tiene el indio sobre sí mismo y de su entorno colonial. Esta deriva a partir de la historia real no oficial relacionando positivamente con su ética. La conciencia histórica combina el ser y el deber interrelacionando el pasado, presente y futuro.  Acudir al pasado histórico, es darnos cuenta de la situación colonial que vivimos desde la invasión (1492 a nivel Abya Yala y 1532 a nivel Tawantinsuyu) hasta el día de hoy.
Para purificar nuestro cerebro es necesario primero tomar conciencia de si mismo, así nos encaminaremos por el sendero de la liberación. La “conciencia histórica nos desacomplejará primero, luego nos dará un espíritu de independencia y, finalmente nos condicionará la ideología a seguir”[5].
Sumergirse en el pasado histórico, significa  analizar y entender los siguientes momentos históricos: 1). El desarrollo histórico y cultural de la civilización aymara-quechua (antes de la colonización); 2). La invasión europea y 3). Las luchas anticoloniales desde la muerte del primer indio hasta la actualidad. El análisis serio y estricta de los tres momentos históricos, da un conocimiento diferente y contrario a lo que se adquirió en los centros educativos: la historieta oficial.
La mayoría de la sociedad fulgura de un conocimiento histórico embaucador, formulados desde la óptica blanco-mestiza e impuesto desde el Estado. A este sistema de conocimientos Wankar calificaba de historietas[6], porque fueron escritos con cerebros blancos, contrarios y falsos, relatan desde una mirada colonial en beneficio e interés de su casta. En ese afán, uno para romper con este prejuicio, debe alimentarse de fuentes verídicas que dará un pensamiento crítico y contario a las historietas impuestas por el sistema colonial.
La comprensión del desarrollo histórico cultural concretamente de la civilización aymara-quechua, nos orienta —a los colonizados— a ubicarnos y a escudriñar nuestra identidad real y la situación en que se encontraba nuestros ancestros. Comprenderemos las formas de organización (económica, social, política), la cultura, la visión, y otros aspectos del periodo precolonial. En realidad, el quien gobernaba en el antiguo Tawantinsuyu era el propio autóctono, no fue un blanco ni cualquier forastero. La  identidad real del autóctono no fue impuesto, no fue boliviano/a, porque la Bolivia es de aquel extranjero, específicamente del q’ara que ocupó de manera salvaje e injusta nuestro territorio. Con la conciencia histórica llegaremos a conocer la sociedad precolonial que vivían sin opresión, sin hambre, sin explotación y sin dominación de unos sobre otros. De ahí pues, nos daremos cuenta, el por qué del segundo Tawantinsuyu como proyecto político del indianismo.
La inconsciencia siempre hace hablar al colonizado cosas incoherentes y contraproducentes cuando se trata de liquidar al sistema opresor. En tanto se desconoce la invasión brutal europea, no entenderemos la injusta ocupación salvaje que practica el q’ara. Solo la toma de conciencia histórica puede hacer admitir al colonizado el injusto usurpación del poder constituido. La conciencia dará entender por qué llegaron, para qué, cómo llegaron y por qué los asesinatos a nuestros ancestros. Así entenderemos que esta invasión es injusta y por lo tanto la recuperación del poder es justo, por derecho y sagrado.
En este tiempo, la lucha armada como un medio para la liberación india, es refutada por aquellos ingenuos tildando de exagerado o radical. Uno que tiene ausente la conciencia histórica queda con una conducta mansa y sumisa. Sin embargo, cuando uno asume la conciencia histórica, entiende con cabalidad las luchas contra todas las formas de dominación como un medio correcto y seguro para la descolonización absoluta y verdadera. Este medio de lucha no es un invento caprichoso de hoy, sino data desde nuestros ancestros. En otras palabras, la guerra se inició con nuestros abuelos que hoy no llegó a concluirse y por tanto concluirlo es un deber nuestro. En ese marco, el indio sumiso, alienado y enajenado, debe entender las causas de la lucha, su objetivo y su importancia como continuidad en nuestro tiempo.
Generalmente el análisis serio del pasado histórico y la toma de conciencia histórica, conduce a desembocar a las siguientes conclusiones:
1). Que existe dos matrices de civilización, uno que es propiamente de las sociedades precoloniales autóctonas y el otro se entromete desde la invasión europea, porque en nuestro mundo actual “el desarrollo histórico de las sociedades no es única, ni iguales”[7]. La matriz civilizatoria occidental ha tenido más prioridad durante el proceso del colonialismo y por ende opaca a la matriz civilizatoria precolonial.
2). Que a partir de la invasión hay un cambio estructural social, donde el kolla se convierte en indio o india, lo que significa que el colonizado u oprimido se vuelve en sujeto insurgente, que lucha contra el sistema imperante.
3). Que en el proceso histórico de lucha hay un trabajo pendiente e inconclusa: Esta es la lucha armada, que ciertamente conduce hacia la liberación total del Qullasuyu ancestral. De ahí entenderemos que, concluir la lucha es un deber del indio e india y para ello necesariamente nos guiaremos de la ideología del indianismo.
4). Y por último el colonizado comprenderá la relación colonial de opuestos; entre la Bolivia q’ara y el Qullasuyu indio; entre el Estado y Nación. Una Bolivia centenario constituido en Estado que oprime al indio Qullasuyino, y que el indio ofuscado simplemente obedece a la Bolivia q’ara. Esta relación es la que cuestiona uno que adquiere la conciencia histórica.
El indio/a del contemporáneo actual rechaza el indianismo porque no comprende su pasado histórico; las matrices de civilización (foráneo y lo propio), la lucha anticolonial inconclusa y las relaciones coloniales entre Estado y Nación. De ahí como primer requisito que debe tomar un indio sumiso es la conciencia histórica y quienes conducirán hacia nuestro camino, son ciertamente aquellos indianistas que mínimamente adquirieron la primera conciencia india.
Para entender con cabalidad al indianismo, uno recurre al pasado y de ahí identifica su raíz. Al respecto Yawar dirá: “Cuando uno habla del indianismo, uno siempre va hablar del pasado, ya que el indianismo surge a partir de ello”[8]. Uno se comprende a sí mismo porque ya tiene la conciencia histórica y por tanto se vuelve en indio insurrecto que se diferencia de un indio sumiso, ofuscado y alienado; ya no rechaza el uso del término indio ni al indianismo.
En los últimos años los estudiosos del indianismo parecen haber entendido la conciencia histórica como estéril o estático. Sin embargo cuando uno asume la conciencia histórica inmediatamente tiene la responsabilidad de mostrar el camino hacia la conciencia histórica a los indios que aun no se han liberado de la oscuridad colonial. Profesar, difundir y fortalecer el indianismo es la tarea permanente de un indianista. El pueblo debe enterarse del pasado histórico para tomar un primer paso y llegar a ser un indianista,  de esta manera se alcanza a ser un poder solido. Cuanto más entiendan al indianismo será más fácil tomar el poder.
Un indianista que tiene la conciencia histórica automáticamente debe difundir, propagar y mostrar el camino a los indios sumisos. Debe trabajar como un evangelista o cristiano. Obviamente no es tan fácil, por eso la diferencia con las otras ideologías incorrectas, que solo buscan lo fácil. El indianista trabaja desde las bases, no escala a costa y sudor de otros.
Generalmente los estudiosos del indianismo rebelan sus trabajos intelectuales escritos en los periódicos o en libros. Pero para marchar correctamente siempre es necesario fijarnos las cuatro dimensiones, de ahí pues nace esta interrogante: ¿Para quién se escribe? Si se escribe para el indio, obviamente tendrá que ser expresado en tono indio de manera que penetre en su pensamiento y corazón. Ahora si se escribe para los blanco-mestizos, pues solamente se llega a potenciar al q’ara para que siga jugando en la instrumentalización de lo indio. Entonces, para garantizar la concienciación y dotar de una conciencia histórica, el indio que quiere ser indianista debe moverse con tenacidad; en lugar de estar coqueteando al blanco, debe coquetear al indio sumiso, porque el sujeto que necesita liberarse de la oscuridad es el colonizado, no el colonizador.
Para marchar correctamente siempre es necesario la prudencia. Al respecto Felipe Quispe dirá: “Hay que manejar fino, con guantes blancos y pinza”[9]. Es decir, se debe avanzar con mucho cuidado, sin meter mucho ruido, de manera que el q’ara quede sorprendido. Por eso pues, un indianista antes de hablar y dirigir, debe mirar y pensar en cuatro dimensiones, para saber dónde está y en qué condición se encuentra, así sabremos cómo, cuándo y en qué ritmo debemos hablar y movernos para garantizar nuestra liberación y el restablecimiento del segundo Tawantinsuyu.
La expansión y la difusión de nuestra ideología es fundamental para formar un movimiento grande a nivel continental. Mientras el indianista no cumpla estrictamente su rol, el indio sumiso seguirá refutando a la ideología libertaria indianista, pensando que somos de India.
El poder indio no llega de lo nada, no cae del cielo, se logra con el trabajo ideológico político serio y responsable de los indianistas. Es decir “se tiene que derramar por todas partes la semilla de la rebelión”[10] mostrando al pueblo el camino hacia la toma de conciencia.
Un indio que ha llegado mínimamente a una etapa de conciencia ideológica debe trabajar con seriedad; en lugar de hacerse contaminar con el olor blanco-mestizo, debe hacer que el indio sumiso se enamore del término indio y del indianismo. De esta manera lograremos un movimiento grande y fuerte para lograr nuestra liberación total a través de la guerra comunitaria de ayllus antes que el método electorero. Pues así nos daremos cuenta que este indio es indianista porque será quien está marchando por el camino correcto y seguro.
Notas bibliográficas:



[1] QUISPE Ayar, (2011). Indianismo. Qullasuyu. Ed. Pachakuti. Pág.43.
[2] APAZA Calle Iván, (2011). Colonialismo y Contribución en el Indianismo. Qullasuyu. Ed. Pachakuti. Pág. 104.
[3] Palabras textuales de Hugo Celso Felipe Mansilla, el 18 de agosto de 2016.
[4] REYNAGA Burgoa Ramiro (Wankar), (2005). Tawa Inti Suyu. Pág. 9.
[5] CARNERO Hoke Guillermo, (1968). Nueva Teoría para la Insurgencia. Perú. Pág. 103.
[6] Véase Tawa Inti Suyu de Reynaga, Pág. 8-9.
[7] APAZA, Op. Cit., Pág. 106.
[8] Palabras vertidas por Yawar Copana en el Foro Debate que se llevó en UPEA el 23 de agosto de 2016.
[9] QUISPE Huanca Felipe, (2013). La Caída de Goni. Qullasuyu. Ed. Pachakuti. Pág. 14.
[10] QUISPE Ayar, Op. Cit., Pág. 87.


viernes, 19 de agosto de 2016

EL AUTOCTONISMO Y EL INDIÓLOGO

Ivan Apaza  Calle
“¿Qué quieren una originalidad absoluta? No existe. Ni en el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza”
Ernesto Sabato: El escritor y sus fantasmas
Una de las preguntas que siempre ha estado rondando durante los últimos años en mi mente, ha sido si existe una teoría pura sin contaminaciones de otras. Sin embargo durante esa búsqueda de respuesta, me tope con libros y las propias respuestas que brotaban del acto de pensar. Bajo la lectura y la reflexión llegué a la siguiente conclusión: No existe la originalidad pura como tal, pues eso es un interés convencional cuyo origen es la vanidad, pero por otro lado, producto de la colonización; consiguientemente, lo que interesa a los individuos es resolver los problemas que se le presentan; satisfacer esa inquietud demoniaca que tiene sed de saber.
Últimamente la intelligentsia servil del Estado fiel a su mansedumbre ha producido una serie de reflexiones, como la reflexión de Marco Antezana publicado recientemente en el semanario La época, bajo el pretencioso título “Amautismo”, que trata el mismo tema que me había causado mucha inquietud, es decir, la originalidad del pensamiento, solo que el análisis llega a otras conclusiones, porque tiene otro punto de partida; las cuales examinaremos en este escrito.
Para analizar el tema, tenemos que observar como primer elemento el fenómeno de la colonización, ya que, la originalidad del pensamiento o el autoctonismo es consecuencia de esta pero en tanto que discurso. Veamos por qué.
La victoria de los españoles sobre los indios, estableció un sistema bajo el cual interactúan indios y q’aras, pero el sistema colonial tiene no solo la finalidad de mantener en orden la colonia sino de transformar la mentalidad de los ocupados, de ahí que en la actualidad el colonizado es el primer patriota que defiende al Estado colonial.  El punto neurálgico para desestructurar la reflexión del señor Antezana es esto que explicamos de manera sintética. El susodicho autor afirma que: “…la cultura de Occidente ha ejercido una considerable influencia  en todas las esferas de la vida diaria, aculturando la mente del originario a sus propios cánones y perspectivas”[1]. Aquí se plantea que, los autóctonos de la precolonia ya no existen, eso es una verdad que no podemos negar, asimismo, que las generaciones que emergieron bajo las estructuras coloniales, no son los mismos que enfrentaron a los primeros invasores, sino que sufrieron el lavaje cerebral del sistema ocupante. Consiguientemente, tenemos sujetos enmarcados bajo lógicas impuestas. Como podemos entender, aquí encontramos al autóctono alineado como producto de la colonización,  desde el cual Antezana infiere que “los intelectuales autóctonos fundan sus posiciones reaccionarias, contestatarias, revisionistas, y revolucionarias en las reflexiones académicas del viejo mundo”.
Visto el fenómeno de la colonización, es imposible que el intelectual autóctono genere un “edificio teórico de su pensamiento” como lo hicieron los pre-indios; pues estamos hablando del indio que tiene otras características; en efecto, repetirá lo que otros ya dijeron.  Sin embargo, el autor se esfuerza para “crear” las categorías originales  de aprensión de la realidad del autoctonismo  a partir del “simbolismo del mundo andino”, ya que, esto “resulta la fuente más visible  de inspiración ideológica para plasmar no pocas demandas históricas que puedan reconfigurar una nueva sociedad… que aquella ideología  cuente con sus propias  expresiones  de plasmación propositiva  y de transformación concreta”.
La esperanza de reconfigurar una nueva sociedad a partir de la simbología, iconografía de las naciones autóctonas, es la de un clásico turista en un país colonial que observa maravillado los elementos de una cultura ajena, pero también de un colonizador que acepta su condición[2] (el colonialista) para legitimarse en el poder instrumentando elementos culturales en potencia de los oprimidos. Aquí se  ve que el agente que plantea esto no está buscando la eliminación de la interacción-q’ara-indio  porque es externo a los colonizados, un exótico que admira y se inspira en esos elementos; en este caso, la simbología, buscando remediar lo que ha causado a partir de la creatividad artística de los colonizados.
Habíamos indicado que las estructuras coloniales produjeron individuos cuya mentalidad no es pre-india, sino todo lo contrario, consecuentemente, no puede surgir una originalidad en el constructo teórico ideológico de la forma pre-india sino mezclada entre esto y aquello, de la complexión existencial en última instancia. Esto nos conduce a indicar que, las reflexiones sobre el autoctonismo proviene de un colonialista que como sabe que es un colonizador piensa solucionar el problema, es decir descolonizar, pero de manera original.
El pensamiento andino no solo surge mirado e interpretando la simbología, según el señor Antezana,  además las prácticas cotidianas de los autóctonos es mejor comprendida para los extranjeros. Leamos:
“…se nos hace evidente comprender el porqué de la cosmovisión andina y su respectiva antropovisión  en lo referente a la concepción del tiempo, de la complementariedad y de los ciclos multilécticos…, y para quienes son ajenos a esta cultura les es posible comprender las diferentes formas de idiosincrasia de la otredad…”
Como se lee, el indiero de hace siglos, ahora es el indiólogo que estudia y el que mejor comprende la cotidianidad de los indios. La conciencia del colonizador deviene en el colonialista, y en el sentido estricto en el colonialista de izquierda que trata de santificarse haciendo filosofía a través de las practicas de los oprimidos y de su simbología, para poder saldar lo que debe. Esta realidad tiene que ver con el acontecer socio-político del país, donde el término descolonización se ha puesto muy a la moda discurseada por los izquierdistas.
Las ideas no vienen solas empujadas por algo o traídas por el viento áspero de los Andes, sino que tienen su propio productor, en este caso el sujeto que las enuncia con la finalidad de comunicarlas, pero, el sujeto enunciante de las ideas desde el punto de vista sociológico,  tiene una condición social y política que influye en el contenido y significado de la idea que enuncia; en el caso del colonialista de izquierda, lo que hace es aplicar la intensión de la “buena fe” sobre los indios, es decir descolonizar, pero que en el fondo empeora la situación de estas personas de vida áspera; Arnault ha señalado que, “descolonizar. ¿Puede ser este término propio de un hombre de izquierda? Hemos ‘colonizado’ y ahora resulta que ‘descolonizamos’: en ambos casos la iniciativa corresponde al colonizador. En último análisis la ‘descolonización’ santifica a la ‘colonización’”[3] y eso es precisamente lo que se hace, cuando partimos para crear el pensamiento andino a partir del simbolismo, iconografía, de los quehaceres de los autóctonos o como se dice descolonizar. 
Si para el señor Antezana surge el pensamiento andino a partir de la interpretación de sujetos ajenos a los autóctonos sobre sus dinámicas sociales y también de su simbología, entonces, básicamente está señalando que, solo los colonialistas tienen la atribución para interpretar y hacer “pensamiento andino” y las naciones autóctonas están relegadas  a ser egidas de los que protagonizan el “nuevo proceso revolucionario”, así señala Antezana: “el pensamiento andino… cobra vigencia y peso específico en la trascendencia histórica que protagonizamos  bajo la egida de las culturas originarias”. Aquí los autóctonos aparecen como meros instrumentos[4], interpretados y a la par dominados por la casta secular; sin embargo, la interpretación llega hasta el colmo: en una desfiguración del autóctono concreto; esto consiste en que, la vivencia andina es una armonía total, donde no existen las contradicciones en las interacciones sociales, por eso de la garanta de Antezanasale: “el suma qamaña, entendido este como aquella  armoniosa complementariedad que divulga el hombre andino”.Pero esto es una falsedad; si nos ponemos analizar, una verdad a simple vistazo tiene que tener identidad entre la idea que se menciona y la realidad, pues al momento de constarnos, esta idea de Antezana sale flotando como falsa. Sea en cualquier parte del mundo el hombre tiene contradicciones internas y externas, no hay la armonía ni la complementariedad que pregona el autor de “Amautismo”. ¿Acaso no vemos en los sembradíos al aymara luchar contra los insectos que asechan el sembradío?,  de esto se puede inferir que, la idealización del indio como producción del colonialista, pretende subsanar su conciencia de opresor, asimismo, mantenerlo en el sopor a través de este discurso.
Pasando a otro punto, el señor Antezana señala con respecto al katarismo, dividiéndolo en varias clases como es el katarismo radical, revisionista y reformista, como se puede apreciar, en el artículo no muestra ni menciona fuente alguna de esta división, ni  nombra a sus representantes; de manera que, recae en una división ambigua. Si observamos, en la primera división hay una mixtificación. Leamos lo que indica:
“… el katarismo radical de raíz reinaguista, postula una transformación total desde el etnocentrismo aymara de base simbólico-autoctonista-ancestral”
El “katarismo radical de raíz reinaguista” como tal no existe, si hay algo de raíz teórica de Reinaga es el indianismo, a partir de esta referencia, Reinaga no está postulando la “transformación total  desde el etnocentrismo aymara”, sino de la categoría indio que implica varias naciones categorizadas reducidas a esta;someter como postulado del indianismo al supuesto “etnocentrismo” es negar sus características fenomenológicas de la cual se fundamenta; ya que el indio no es una etnia minoritaria  que cabe en la definición deWillKymlicka sin territorio, ni cultura prístina, sino una nación con territorio, idioma, cultura, religión, etc. La raíz de Reinaga, no se basa en el símbolo autóctono ancestral, eso es una invención del autor, en su vasta producción no existe tal proposición; Fausto se basa respecto a la teoría del indianismo en el indio real de su época y no en meras simbologías.
La creación de un pensamiento sin contaminaciones es imposible. De alguna forma lo externo influencia en uno; pero además el punto no es ser original o no, sino de lo que se trata es resolver los problemas sociales que se nos presenta y eso solo lo haremos con el acto de pensar, reflexionando la realidad y no en meras ideas o simbología; de esto solo deriva el embauque.  Si hay algo interesante que se aprende de la filosofía y los filósofos es el acto de pensar, pero no un pensar por pensar, sino en los problemas que cada individuo tiene íntimamente no resuelto, pues, de algún modo el individuo pertenece a un medio social, consiguientemente, está buscando solución a partir de lo particular; sin embargo esto, aun no es todavía un pensamiento, sino una crítica que busca ingresar a la solución de problemas.


[1] ANTEZANA Marco, “Amautismo”, en La época, núm. 732, del 31 de julio al 6 de agosto de 2016, p. 3. Todas las citas respecto al autor pertenecen a esta fuente.
[2] MEMMI Albert, “Retrato del colonizado precedido por el retrato del colonizador”, Argentina: Ediciones de la Flor, 1969, p. 65.
[3] ARNAULT Jacques, “Historia del colonialismo”, Argentina: Futuro, 1960, p.,10
[4]Sobre la instrumentalización al autóctono y su vivencia del colonialista véase: APAZA Calle Iván y CHAMBI Mayta Roger Adan,  “El indio y sus fantasmas”, http://es.slideshare.net/rogeradanchambimayta/el-indio-y-sus-fantasmas